Maneras de educar

Cada persona tenemos una manera diferente de educar, o un estilo educativo diferente. Este estilo educativo se va creando a lo largo de nuestra vida, a través de la experiencia vivida, de nuestras creencias, ideas, educación, incluso genética.


Principalmente, cuando hablamos de estilo educativo nos estamos refiriendo al tipo de disciplina, afecto y manera de demostrar el afecto que se presenta en las familias o en el colegio.

Podemos coincidir con otras personas en algunas ideas, pero es difícil encontrar a dos personas con un estilo educativo exactamente igual y esto no es malo, al contrario, es enriquecedor que cada uno de nosotros tenga su propia manera de educar.

De lo que tenemos que ser conscientes es de que ese estilo educativo va a influir en nuestros hijos. Por lo tanto tenemos que pararnos y observar si nuestro estilo educativo es adecuado para nuestro hijo/a.

Para ello podemos hacernos una serie de preguntas:

  • ¿Habitualmente mi hijo me hace caso?

  • ¿Los castigos que le impongo surten efecto?

  • ¿Podemos mantener una conversación y llegar a algún acuerdo?

  • Realmente, ¿creo que mi manera de educar es positiva para ambos?

En caso de contestar negativamente a estas preguntas, deberíamos plantearnos cambiar nuestro estilo educativo.

Muchos padres podrían decirme aquello de: “Con mi hijo mayor lo hice exactamente igual y funcionaba perfectamente…”

Por supuesto, puede ser así. Por eso es importante tener en cuenta que estamos hablando de personas diferentes, con maneras de pensar diferentes, genética diferente y experiencias diferentes. Y cada uno puede necesitar un estilo diferente.

Actualmente podemos hablar de cuatro estilos educativos diferentes:

Estilo Paternalista: Los padres con este estilo educativo sobreprotegen a los niños, incluso cuando éstos reclaman su independencia. Se anticipan a los problemas que puedan tener los niños y los resuelven por ellos. Suelen mostrar mucho cariño y pocas exigencias.

Para muchos, este sería modo perfecto de educar a un hijo, … Pero nada mas lejos de la realidad. El problema de este estilo es que los niños crecen con un sentido excesivo de dependencia hacia sus padres y van a necesitar la figura adulta para resolver cualquier incidencia. Son niños que suelen tener una gran falta de seguridad ya que habitualmente no han tenido que enfrentarse a sus problemas.

Pueden aparecer miedos y fobias.


Estilo Autoritario: Cuando pasamos al otro extremo, hablamos de estilo autoritario. Se dictan unas normas que se han de cumplir sin dar opción a cuestionarlas, no existe un diálogo para negociar. Son padres que muestran una gran exigencia y poco cariño. Se suelen aplicar castigos que en ocasiones son desproporcionados.

En este caso, los niños ven reducida su creatividad y su capacidad de resolución de conflictos, ya que el lema en estos hogares es: “las cosas son así y punto”. Del mismo modo, sus habilidades de cooperación y trabajo en equipo se verán afectadas. O bien obedecerán órdenes sin plantearse opciones o reproducirán este estilo en su trabajo, mandando y exigiendo que las cosas se hagan a su manera sin discusión.


Estilo permisivo: Es cuando los padres no se implican mucho en la educación de los hijos y se les da toda la libertad para que tomen sus decisiones. No se suele hacer uso del castigo y las normas que existen son muy laxas o incluso inexistentes. Muestran pocas muestras de afecto y escasas exigencias.

Como lado positivo, podemos destacar que un niño criado en este ambiente puede mostrar una gran capacidad de resolución de problemas, y ser proactivo, ya que se ha visto obligado desde siempre a tomar sus decisiones y resolver sus problemas. Por otro lado, le costará integrarse en un ambiente donde existan normas o límites, como el colegio o futuro trabajo. La falta de afecto se pondrá de manifiesto en la poca afectividad que mostrará hacia los demás.


Estilo Democrático: Se caracteriza por la escucha del niño, la adaptación de las exigencias a su nivel de desarrollo y uso de límites y normas. Se utiliza el refuerzo positivo (“muy bien hecho” o algún pequeño premio) cuando logra sus objetivos y castigos cuando incumple las normas. Se muestra afecto y también un alto grado de exigencia.

Estos niños desarrollarán una alta autoestima y podrán resolver sus problemas ya que poseerán un alto concepto de si mismos. Sabrán desenvolverse en un ambiente de cooperación y sabrán escuchar porque han sido escuchados. Al haber vivido en un ambiente con normas y límites, sabrán desenvolverse en este ambiente en la edad adulta.


Después de leer esto, muchos podéis pensar que ninguno encaja perfectamente con vuestro estilo educativo, y realmente, es así.

Incluso puede suceder que utilicemos diferentes estilos educativos con diferentes hijos. Por ejemplo, puede depender de la edad del niño el usar uno u otro. También puede depender del carácter del niño. Con un niño “fácil de llevar” podemos utilizar un estilo mas permisivo, sin embargo, con el hermano mas “protestón” quizás utilicemos un estilo mas autoritario.

Lo que quiero que veáis con este artículo son las consecuencias que a largo plazo puede desencadenar un estilo educativo u otro. Cada uno debemos utilizar el estilo que nos haga sentir cómodos tanto a nosotros como a nuestros hijos, debemos ser coherentes con nuestros actos y tener en cuenta las futuras repercusiones.

Al principio del artículo exponía 4 preguntas. Si somos capaces de responder positivamente a estas 4 preguntas, entonces estaremos haciendo un buen trabajo con nuestro hijos.


En caso contrario y después de leer esto podemos plantearnos:

¿Estamos siendo demasiado permisivos?

¿Los castigos son desproporcionados?

¿Le demuestro afecto?

¿Tienen normas y límites claros?

¿Tiene su independencia a la hora de tomar ciertas decisiones o yo le soluciono los problemas?

En función de las respuestas podremos ir variando nuestra manera de educar hasta alcanzar un punto en el que seamos capaces de utilizar un estilo educativo que resulte positivo para ambos.